Cuando cursaba la licenciatura en artes plásticas, recuerdo haber estudiado la relevancia de Sainte-Chapelle de París. Sin embargo, fue hasta el momento en que la visité cuando comprendí por qué, en el arte, la arquitectura, la religión e incluso la ciencia, la luz resulta fundamental para la creación de espacios.
La llamada luz divina de Sainte-Chapelle no solo narra escenas bíblicas que abarcan desde el Génesis hasta el Apocalipsis; su arquitectura gótica concibe la luz como un fenómeno natural cargado de simbolismo espiritual. Construida a mediados del siglo XIII en menos de siete años por orden de Luis IX, la capilla fue concebida para albergar reliquias como la corona de espinas de la Pasión de Cristo y un fragmento de la Vera Cruz, al tiempo que afirmaba, mediante su esplendor material y simbólico, la legitimación política y religiosa del poder monárquico.

Al ingresar, lo más asombroso son sus muros de luz, que envuelven el cuerpo y lo transportan a un espacio místico, divino y enaltecido por el uso del color. Las vidrieras de la capilla, de aproximadamente 15 metros de altura, narran las 1113 escenas del Antiguo y Nuevo Testamento de la Santa Biblia. El uso del vidrio como material emblemático del monumento permite que el espacio se perciba como un portal hacia una dimensión espiritual, debido a la atmósfera que se experimenta al estar ahí. No se trata únicamente de una experiencia estéticamente placentera, sino de una decisión material cargada de ideología, capaz de envolver a los fieles en una fe que se manifiesta corporalmente al entrar al recinto.



Es particularmente interesante interpretar la luz que atraviesa los vitrales de Sainte Chapelle, ya que la luz, entendida como símbolo de divinidad, adquiere una presencia intangible pero perceptible visualmente mediante el uso del color, en contraste con el dorado de la capilla. Tonalidades rosadas, moradas y azules, acompañadas de sutiles acentos rojos y verdes, configuran una atmósfera en la que la experiencia espiritual se intensifica desde una percepción afectiva y etérea del espacio sagrado.
Las vidrieras iluminan la capilla al permitir que la luz atraviese el mensaje bíblico y alcance a quien la contempla. Hay un punto del monumento cuya presencia resulta inevitable: la Rosa del Apocalipsis, que cuenta con nueve metros de anchura y cuya paleta cromática se inclina hacia el amarillo y el verde, resultado de su reconstrucción en 1485 durante el reinado de Carlos VIII. La relevancia de la Rosa radica en su ubicación en la fachada oeste, desde donde se convierte en el último elemento del conjunto arquitectónico que permite el paso de la luz hacia la capilla superior.


Sainte-Chapelle demuestra que la luz no es únicamente un elemento funcional de la arquitectura, sino una estructura simbólica que determina la experiencia espiritual del espacio y del cuerpo que, desde lo terrenal, se entrega a lo divino.



