De la oscuridad de la casa al candil de la calle (I)

Una breve historia de la iluminación en la Ciudad de México parte 1: antecedentes y primeros planes.

La Ciudad de México tan iluminada y concurrida como se le conoce hoy en día es relativamente reciente. Es desconocido para muchos los problemas que la población de antaño tenía al no haber un sistema de iluminación en la capital. No obstante, durante el siglo XIX, la llegada de la electricidad y de la luz eléctrica también provocó problemas, altibajos y desató críticas feroces de la sociedad hacia el nuevo invento. En esta primera primera parte ahondaremos un poco acerca de los antecedentes del sistema de alumbrado público de la capital mexicana, así como los primeros planes de expansión de las redes eléctricas y, por ende, de la iluminación paulatina del centro de la capital mexicana.

La era oscura: de la Nueva España al siglo XIX.

       
Un sereno según una ilustración de la época.

En tiempos antiguos, cuando el gobierno español aún predominaba, la iluminación en la Muy Noble y Leal Ciudad de México era deficiente. La vida era regida por “otro tipo de iluminación” que era directamente controlada por la autoridad de la iglesia, que mandaba sobre todas las actividades de la cotidianidad por medio de los toques de campana de las diferentes iglesias y templos de la capital. La señal para el término de las actividades diarias estaba dado por el toque de ánimas a las 8 de la noche, pues al irse la luz natural, no había forma de guiarse en la oscuridad fuera de la poca luminosidad de una vela o una antorcha.

El día terminaba oficialmente con el toque de queda, dado a las 10 de la noche, donde las calles se convertían en auténticos vacíos de oscuridad, “la boca del lobo” decían algunos habitantes, donde sólo la gente «de poca moral» o los ladrones seguían en actividad. La gente de la Nueva España y del posterior México independiente tuvo este modo de vida durante siglos. De esta falta de iluminación, había varios planes en las que se instalaron pocos postes con velas en las calles, de donde nacería el oficio del sereno, mismo que permaneció hasta el siglo XIX con la llegada de las lámparas de gas. Tan importante avance duraría poco, pues hacia el último tercio de este siglo, nacería una novedosa energía: la electricidad.

La llegada de la luz y la electricidad: una mezcla de amor y odio.

Ejemplo de una lámpara de gas.

Dada la carencia de una iluminación fiable, hacia 1830, Vicente Rocafuerte propuso un sistema de alumbrado de gas, mismo que no fue puesto en marcha sino hasta 1867 y abolido en 1898. Otras lámparas ubicadas alrededor de la capital funcionaban con trementina, aceite de ajonjolí y nabo con mezcal y eran los serenos quienes se encargaban de encenderlas y apagarlas. Fue Samuel B. Knight y su compañía quien, en 1877, propone el remplazo de las lámparas de gas por alumbrado eléctrico.

La primera vez que la Ciudad de México fue el 11 de diciembre de 1881 tras la colocación de 100 lámparas incandescentes en la Alameda y 40 en el Zócalo. En esta etapa también se probaron las lámparas de arco, que fueron rotundamente rechazadas por la población debido a que, según el pueblo, su luz era demasiado intensa, por lo que no pudo destronar a la clásica lámpara de gas que, aunque notoriamente más tenue, tenía una luz más familiar y amigable a los ojos de los capitalinos de ese tiempo.

La razón de que en México se le llame foco a la lámpara viene de la raíz latina focus, es decir, fuego, dado que aportaba luz y calor al hogar de la misma forma que el fuego. En otros lugares, el término más usado para la lámpara incandescente es “bombilla”, al tener similitud con una bomba de cristal en forma de gota, o bien “ampolla o ampolleta”, por su similitud a una botella de cristal.

La forma en que la electricidad y la luz eléctrica fue recibida no fue del todo buena; los postes que empezaron a colocarse a lo largo de la capital hicieron que el entorno cambiara a “una maraña de cables”, que incluso provocó un movimiento “antielectricidad” hacia 1887 que pidió su total abolición. Por otro lado, las personas de la alta sociedad e incluso algunos estudiosos pensaban que la electricidad y la luz eléctrica era la única forma de sacar de la barbarie a la Ciudad de México y ponerla al nivel de otras grandes ciudades del mundo, como Nueva York o París.

Los primeros planes de instalación del alumbrado público de la Ciudad de México: de la idea de las torres de hierro a los faroles.

Es curioso que los planes que existían para iluminar la Ciudad de México estuvieran directamente relacionados a la manera de pensar que se tenía sobre la electricidad en el siglo XIX. En ese entonces se pensaba que la electricidad era un tipo de “fluido” que se movía por la red de cables que se empezaron a instalar a lo largo y ancho de la capital, red que tampoco agradó en principio a los habitantes de la ciudad debido a la gran cantidad de accidentes que produjeron debido a su poco organizada colocación.

        
Nicolás Zúñiga y Miranda (1865-1925) fue conocido como El eterno candidato por haber intentado alcanzar la presidencia 6 veces entre 1892 y 1924 sin éxito.

El inventor Nicolás Zúñiga y Miranda aseguraba haber extraído dos tipos de electricidad diferentes de la tierra y de la atmósfera que, al juntarse, alimentaría continuamente la chispa de un foco que debía colocarse en una enorme torre de hierro de 297 metros colocada en el centro de la Plaza de la Constitución y colocar el foco a 45 grados, lo que iluminaría toda la ciudad de la misma forma que lo hacía la luna llena. Bajo esta premisa, se pensaba que la capital podría estar iluminada en su totalidad con solo unas cuantas torres. Este proyecto resultó ser un estrepitoso fracaso, pero esta falla hizo que se replantearan los proyectos de alumbrado público de la ciudad.

Si no había forma de iluminar las calles desde las alturas, se planteó en colocar pequeños postes para albergar las lámparas incandescentes. La iluminación de los caminos comenzó por las avenidas más importantes de la capital en ese momento: el Paseo de la Reforma y la Avenida Bucareli. Además. fueron los pasillos del Zócalo y de los jardines de la Catedral Metropolitana las primeras partes del primer cuadro de la ciudad que se iluminaron con este nuevo plan, pero como ya era costumbre de la sociedad mexicana, los detractores no tardaron en manifestarse en contra de este proyecto y encontraron fundamentos en los accidentes causados por el proceso de adaptación de la población.

Imagen: El Monitor Republicano del 6 de enero de 1883.

Bajo la misma idea de las torres de hierro se construyó la Torre Eiffel de París, pensada para albergar una lámpara incandescente en su punta que pudiera iluminar toda la ciudad. El proyecto fracasó, pues se probó que la potencia de la luz de las lámparas incandescentes no era directamente proporcional a la altura en la que se encuentra.

La primera etapa de alumbrado público de la Ciudad de México.

Entre 1880 y 1881 empezaron a colocarse varios postes de cableado que alimentarían a los recién construidos faroles que albergaban las lámparas incandescentes. La organización en que estos faroles estaban colocados causó problemas de distinta índole, entre ellos, un accidente de coche por un farol que estaba imprudentemente colocado en medio de la Avenida Bucareli. Al encenderse de manera inesperada, el caballo que tiraba del coche se asustó y se estrelló contra el poste metálico que cayó encima del animal, lo que causó su muerte.

Por otro lado, la colocación de postes de luz “restaba belleza a la capital” según los detractores. Los capitalinos sufrían de accidentes relacionados con choques contra los postes, bien por descuido o por no fijarse en que, una mañana, de la nada, un poste de madera estuviera frente a las puertas de sus hogares, dejando a más de uno lesionado.

Tras el accidente, El Monitor Republicano del 13 de marzo de 1883 informó del mal manejo del encendido de las lámparas de la calle.

En dos décadas, comprendidas desde 1884 a 1904, la capital poco a poco se habituó a la presencia del zumbido constante de la energía eléctrica y al mantenimiento que se le debía dar a las lámparas incandescentes. Al mismo tiempo, se iluminaron los lugares más importantes de la ciudad, como la estación del Ferrocarril Central (actual Alcaldía Cuauhtémoc) en 1884 y la Casa de Correos (hoy Palacio Postal) en 1886. Se terminó de alumbrar la Alameda y se colocó un alumbrado temporal en la estatua de Colón de la Avenida Paseo de la Reforma en conmemoración de los cuatro siglos del descubrimiento de América; un año después, se inició el alumbrado del bosque de Chapultepec, incluyendo el castillo.

Colección de postales de la Ciudad de México hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Para finales de la década de 1880, los restaurantes y lugares de ocio, además de los primeros almacenes comerciales como El Puerto de Liverpool, lucieron por primera vez sus lámparas incandescentes en todo su esplendor. Además, el 12 de diciembre de 1889, en el marco del día de la Virgen de Guadalupe, la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México calló las voces de los opositores religiosos de la luz eléctrica al estrenar una iluminación impresionante que rodeaba el exterior del edificio, junto con los preciosos candiles que al interior deslumbraban a los feligreses tanto por su belleza como por el notorio aumento de intensidad de la luz emitida por las lámparas incandescentes.

Entre 1891 y 1892 se alumbraron la Escuela Nacional Preparatoria y la antigua cárcel de Belén, les siguió el Palacio Nacional en 1895, el hipódromo en 1896 y la estación de ferrocarriles de Buenavista en 1898, así como el antiguo hospital de San Andrés (posteriormente la Secretaria de Obras Públicas y hoy Museo Nacional de Arte MUNAL). En ese mismo año también se alumbraron el Monte de Piedad y el Jockey Club (Casa de los Azulejos). Para 1900, prácticamente todo el centro de la Ciudad de México estaba iluminado y en 1904 se dio por concluida la primera etapa. El siguiente paso era alumbrar los entonces pueblos suburbanos de la capital: San Ángel, Tlalpan y Mixcoac. De ello y del consecuente inicio de la vida nocturna de la capital ahondaremos en la segunda parte de esta nota.

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