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Por Luis Juan López Barreiro

Desde hace tiempo he querido tener una columna personal en Iluminet, prometo no llenarlos con demasiados mensajes, mi meta es mantener este espacio una vez al mes. Espero lo disfruten. Aquí pienso compartir mis reflexiones alrededor de la luz y toda su riqueza, pero me atrevo a agregar otro tema: escritura y literatura, que es un asunto que igualmente me apasiona, y al que destino una buena parte de mi tiempo mientras no estoy dedicándome a Iluminet.

En esta primera entrega compartiré uno de los cuentos de mi primer libro titulado “El último apaga la luz” donde junto mis dos pasiones: Luz y escritura. Lleva por nombre “El General” y es parte de los 17 relatos donde la luz, la sombra y la oscuridad están presentes en la trama y las emociones de los personajes.

El General pronto va a cumplir cien años de estar allí. Permanece de pie, altivo frente a la fachada por delante de las columnas neoclásicas de mármol blanco. Continúa inalterable con su brazo derecho perennemente señalando al frente y la mano izquierda en el pomo de la espada que lleva en la cintura. Sus botas altas se plantan firmes en un nicho junto a los escalones centrales que suben al pórtico de la entrada al edificio. Todos los días decenas de burócratas suben y bajan los escalones de prisa y pasan junto a él para entrar a trabajar sin reparar en su presencia. En mañanas despejadas, el mármol blanco de su cuerpo contrasta con el azul del cielo y el viento desplaza las nubes sobre la cúpula del edificio. A veces, algunos turistas pasean frente a él, hasta le toman fotos y se sientan en el nicho de sus pies a descansar un momento; algunos dejan que sus niños se entretengan jugando entre sus largas botas.

Con la vista fija hacia donde tendría que avanzar su ejército, el General observa cómo el cielo cambia de color, conforme pasan las horas el horizonte se va tornando púrpura. Empieza a oscurecer y su silueta se va difuminando poco a poco. En la acera, cual soldados traidores, los faroles en las puntas de los postes dan la espalda al General. Su luz amarillenta mira hacia los autos y deja a su caudillo en la penumbra.

Entonces, los que caminan por allí ya no se detienen a admirarlo, ahora voltean inquietos a los lados y sobre sus hombros por si alguien los asecha cubierto por la oscuridad. Poco importa si el General ganó cientos de batallas y reunificó un país entero, de noche nadie lo mira. Bajo el farol traidor, de vez en cuando una prostituta espera, sin reparar tampoco en su presencia. A medianoche unos guardias de policía rondan distraídos, cruzan por enfrente de él sin hacer el saludo militar que le corresponde.

Cada noche un hombre de barba entrecana regresa, con una botella en la mano, a dormir bajo las columnas. A veces, al General le gustaría pedirle un trago del vino que su visitante bebe para engañar a sus fantasmas y al frío. El General no busca mitigar lo helado de su piel de mármol, solo quiere vencer el aburrimiento y el anonimato nocturno. Cuando llueve las gotas resbalan sobre el uniforme del General. La calle queda más vacía aún, solo los autos con sus luces encendidas pasan por delante salpicando entre los charcos que se forman. Las gotas se revelan al pasar bajo los conos de luz de los postes traidores que están en la acera.

Conforme comienza a amanecer regresa el movimiento, el tráfico, los autos, las bicicletas de comerciantes de la calle que llevan sus mercancías. Poco más tarde estudiantes y trabajadores apresurados vuelven. Sale el Sol y con la nueva luz el General, con su brazo en alto, vuelve a ser el protagonista. De nuevo los turistas lo miran, algunos leen la placa de bronce que cuenta un poco de sus hazañas. Muchachos en patines y patinetas brincan, giran, suben y bajan por los escalones.

Un violinista también llega, instala un banquillo y se sienta a tocar, con el estuche de su instrumento abierto frente a él para recibir monedas. Pero pronto anochece de nuevo, todos se retiran. Solo el hombre de la barba regresa tambaleándose y acompaña al General en su anonimato.

A lo largo de tantos años, el General también ha visto que, de tanto en tanto, maquinarias y trabajadores con cascos y chalecos de color naranja llegan a romper el piso y hacer maniobras frente e él. Colocan barreras y tablones que estorban el paso. Llenan de polvo y ruido la zona. El General escuchó, hace poco, a algunos de estos personajes que trabajaban frente a él, discutir sobre distancias y ángulos, además le sacaban fotos y tomaban medidas. El General pensó que sería una obra más, como tantas que han hecho. Romperían de nuevo las banquetas, pondrían otra jardinera con plantas, harían lo mismo de siempre.

Tardaron meses como en todas las obras, pero una de esas noches, los hombres de chalecos y cascos que iban y venían, encendieron unos reflectores hacia la fachada, probando, dirigiendo y matizando una nueva luz para el edificio. Dedicaron un par de proyectores directos al General, ¡por fin le daban el realce que corresponde a su jerarquía!, ¿acaso el ganar batallas y reunificar una nación entera no valía un poco de atención hacia su figura?

Por fin la iluminación le dio de nuevo el lugar que le corresponde por sus hazañas. Por la noche ahora también luce como el héroe que es. Turistas, curiosos, parejas de novios, el hombre del violín, que se sentaba de día con su estuche abierto para recibir monedas, regresan cuando termina el día. Las columnas, las escaleras y la cúpula recuperan su blancura después del atardecer. El bar de enfrente ahora permanece abierto por más tiempo. Los turistas le hacen más fotografías…

El General ha recuperado el honor que perdía por las noches. Solo echa de menos al hombre de la barba entrecana que lo acompañó durante tantas madrugadas. Tal vez al General le gustaría dejar su inmovilidad, caminar para ir a buscar a su amigo en algún otro rincón de la ciudad y beber acompañado, como debe ser. Le gustaría contarle a su amigo, al calor de las copas, que se siente feliz por ser visto de nuevo al terminar el día, pero que lo único que no soporta es que algunas noches lo tiñan de rojo verde o azul, como si fuera un carnaval.

Por fortuna para el General, los colores solo le llegan de vez en cuando, por algunas fechas esporádicas cuando hay fiestas cívicas. Es la luz blanca, como la del Sol, la que, al caer la noche, destaca su porte, su heroico carácter y su valor de héroe nacional.

Espero que les haya gustado esta historia. Y si se quedan con ganas de más, pueden conseguir mis libros en Amazon para leer en Kindle, o si están en México, me pueden escribir en directo para les mande su libro autografiado.

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