Por Luis Juan López Barreiro
Hay proyectos que realizas sin saber exactamente cuánto tiempo van a acompañarte. Cuando comenzamos a organizar la primera Bienal de Diseño de Iluminación Arquitectónica de Iberoamérica, probablemente no imaginábamos que, doce años después, tendríamos 6 libros terminados.
En Iluminet hemos hablado mucho de las Bienales. Es una de nuestras iniciativas más importantes y, con el paso de los años, se ha convertido en un punto de encuentro para una profesión que ha crecido y cambiado enormemente en Iberoamérica. Pero en esta ocasión quiero hablar de las Bienales desde otro lugar: desde mi trabajo como editor y compilador, junto con Diana Solís, de los seis libros que hemos publicado.

Porque hacer una Bienal no es solamente, convocar, recibir los proyectos y el gran trabajo de los jueces para seleccionar los que estarán en el libro para darlos a conocer en la ceremonia y la fiesta. Antes hay otro trabajo, menos visible, pero que para mí tiene un significado especial: convertir todo aquello en un libro. Son muchas horas frente a textos, fotografías y páginas. Hay que escribir algunos textos, corregir y editar los que envían los despachos, revisar nombres y datos, seleccionar y ordenar fotografías, pensar en la secuencia de los proyectos y supervisar el diseño editorial. Hay que tomar decisiones pequeñas que, juntas, terminan construyendo un objeto que debe contar una historia.
Y entonces sucede algo que me gusta particularmente: una profesión queda reunida entre dos tapas.

En estos seis libros están los proyectos y el talento de cientos de personas de distintos países: diseñadores de iluminación, arquitectos, fotógrafos, colaboradores, jurados y muchas otras personas que han participado en estos años. Nosotros, como editores y compiladores, también formamos parte de esa historia, aunque nuestro trabajo ocurra muchas veces detrás de las páginas.
Iluminet también ha hecho historia en el mundo virtual. Desde hace casi dos décadas hemos publicado miles de contenidos que pueden llegar a cualquier lugar con un par de clics. Esa posibilidad me sigue pareciendo extraordinaria. Una fotografía, un artículo o una entrevista pueden viajar en segundos y permanecer disponibles durante mucho tiempo.
Pero el libro impreso tiene otro tiempo.
Tiene otro ritmo y, de alguna manera, otra vida. Lo puedes tener entre las manos, hojearlo sin ninguna prisa, detenerte en una fotografía, regresar a una página, leer un proyecto completo o prestárselo a un amigo. Puede quedarse durante años sobre una mesa o dormir en un librero hasta que alguien vuelva a tomarlo. Y cuando eso sucede, el libro vuelve a vivir.
Quizá por eso amo los libros. Porque tienen una relación distinta con el tiempo. Un libro puede convertirse en una especie de conversación a distancia con alguien que no conocemos o con alguien que escribió hace muchos años. Nos permite acercarnos a sus ideas, a su mirada y, de alguna manera, conocerlo con cierta intimidad. Los libros de las Bienales tienen para mí un significado especial por esa razón.
Mis tres libros de literatura son, sin duda, una parte muy personal de mi vida. En ellos están mis historias, mis obsesiones, mis personajes y mi manera de mirar el mundo. Pero los libros de las Bienales son diferentes. No son solamente míos. Son el resultado del trabajo y del talento de muchas personas y, al mismo tiempo, son un registro de cómo una profesión ha ido construyéndose en nuestros países.
Me gusta pensar que dentro de treinta años alguien podrá encontrar uno de estos libros en una biblioteca, en el archivo de una escuela o en el librero de algún diseñador. Quizá lo abra buscando un proyecto o un nombre y termine descubriendo cómo se entendía la iluminación arquitectónica en estos años.

Y entonces todo este trabajo habrá tenido sentido.
Porque una profesión también construye su memoria a través de sus documentos. Los proyectos desaparecen, los edificios cambian, las tecnologías quedan atrás y las páginas de internet pueden perderse. Pero un libro puede permanecer.
Por eso me siento orgulloso de los seis libros de las Bienales. No solamente porque los hayamos hecho, sino porque siento que con ellos estamos dejando un pequeño testimonio de una profesión, de una época y del talento de muchas personas. Después de tantos años haciendo Iluminet, quizá ésta sea una de las cosas que más me gustaría que permaneciera. Mis libros de literatura son una parte de mí. Los libros de las Bienales, en cambio, son una parte de todos nosotros.
Y tal vez ésa sea la mejor manera de entender el oficio de editar: reunir las historias de otros, darles forma y dejarlas listas para que algún día alguien, muchos años después, vuelva a abrir el libro y encienda de nuevo la luz.

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