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Ayer y hoy ha estado circulando la noticia, junto con un video de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, anunciando un programa de iluminación para el Centro Histórico. El proyecto contempla la iluminación de 57 kilómetros de calles, así como la denominada iluminación “artística” de 15 edificios patrimoniales.

Este nuevo proyecto de iluminación para el Centro Histórico ha generado expectativa mediática, pero también preocupación dentro de la comunidad profesional vinculada a la iluminación, el urbanismo y la conservación del patrimonio. Hasta ahora, la iniciativa ha sido presentada sin información clave: no se ha dado a conocer quién realizó el diseño de iluminación, bajo qué criterios técnicos y estéticos se trabajó y si hubo consulta con expertos en iluminación, ni cuáles fueron los lineamientos que guiaron la selección de luminarias y tecnologías.

México cuenta con una comunidad amplia, diversa y altamente capacitada de diseñadoras y diseñadores de iluminación; profesionales con experiencia nacional e internacional que han demostrado que es posible intervenir el espacio público con sensibilidad, rigor técnico y visión de largo plazo. No tomarlos en cuenta no sólo representa una omisión grave, sino también una oportunidad desperdiciada.

La iluminación de un sitio con el valor histórico, cultural y simbólico del Centro Histórico no es un asunto menor ni un simple ejercicio de lucimiento institucional. Se trata de una intervención que impacta directamente en la percepción del espacio público, en la relación de las personas con la ciudad, en la conservación de los monumentos y en la identidad nocturna de uno de los centros patrimoniales más importantes del mundo.

Uno de los elementos más preocupantes es el uso reiterado del término “iluminación artística” para describir lo que, al menos en los materiales audiovisuales difundidos, parece reducirse a la aplicación de proyectores RGB que “pintan” las fachadas con color. La iluminación arquitectónica y patrimonial no consiste en colorear edificios históricos de forma arbitraria. Implica un conocimiento profundo de la historia del inmueble, de sus materiales, texturas, volúmenes y proporciones, así como del contexto urbano y social que lo rodea.

Iluminar un monumento histórico no es imponerle una estética ajena, sino revelar su carácter, respetar sus acabados, dialogar con su memoria y permitir que la luz cuente su historia. Cuando la iluminación se utiliza sin criterio, se corre el riesgo de banalizar el patrimonio, convertirlo en escenografía y vaciarlo de significado.

Entendemos que el proyecto se inscribe en el contexto del próximo Mundial de Futbol y en la lógica de “poner bonita la casa” para las visitas. Sin embargo, la ciudad no es un set temporal ni un escaparate efímero. Las decisiones que se toman hoy en materia de iluminación tendrán consecuencias durante años, tanto en el consumo energético como
en el mantenimiento, la contaminación lumínica y la apropiación social del espacio.

La iluminación urbana debe pensarse para quienes habitan y usan la ciudad todos los días, no sólo para un evento coyuntural. Debe contribuir a mejorar la experiencia peatonal, la seguridad, la legibilidad del espacio y la vida nocturna, sin sacrificar la integridad del patrimonio ni caer en soluciones espectaculares pero superficiales.

Desde Iluminet hacemos un llamado al diálogo y a la inclusión de la comunidad profesional. La luz es una poderosa herramienta cultural, técnica y social. Utilizarla adecuadamente requiere conocimiento, sensibilidad y responsabilidad.

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