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De la mirada nace un movimiento que traza el deseo. Aquello que genera placer no solo a la vista, sino al cuerpo entero y a los sentidos que lo atraviesan. Desde esta observación surge la obra del artista francés Michel Paysant, cuyo acercamiento al arte se origina en una práctica interdisciplinaria. Su trabajo en el dibujo se construye a partir del registro del movimiento de sus ojos, convirtiendo la mirada en gesto, trazo y experiencia corporal. 

En octubre visitamos el Musée de l’Orangerie, en Paris, recinto que alberga la icónica serie de Los Nenúfares del impresionista francés Claude Monet. La contemplación de estas obras se experimenta en el cuerpo como un acontecimiento casi espiritual, intensificado tanto por la iluminación del museo como por las tonalidades frías de los lienzos, que envuelven el espacio con una presencia etérea y magnética debido a la inmensidad de su tamaño.

 

En la sala de exposiciones temporales se presentaba la muestra Voir Monet de Michel Paysant, donde se exhibe su proyecto DALY que consiste en dibujar con los ojos mediante el uso de un eye tracker, una herramienta de oculometría que registra los movimientos del recorrido visual, desde sus fijaciones hasta pausas de la mirada. En este proceso, el acto de ver se convierte en gesto, transformando al ojo en trazo y desplazando a la mano como principal herramienta del dibujo.

La trayectoria del artista lo ha llevado, durante aproximadamente los últimos treinta años, a colaborar con diversas instituciones como el Musée du Louvre, el Centre Pompidou, el MUDAM de Luxemburgo y el Zentrum Paul Klee, entre otras. A través de estas colaboraciones, su obra ha propuesto una reinterpretación del concepto de contemplación.

Sin embargo, fue hasta 2022 cuando decidió dibujar con sus ojos los Nenúfares de Claude Monet, a partir del movimiento de su mirada, que traza, a manera de película, el interior de su vida. De forma tangible, sus ojos transcriben aquello que su cuerpo recorre desde lo que observa. Por lo tanto, el artista decidió trabajar sobre papel cortado con un plotter e incorporar luces realizadas a partir de los puntos de fijación de la mirada humana al contemplar los reflejos verdes presentes en la serie Nymphéas de Monet. La luz en estas obras resulta sumamente importante debido a las tonalidades del estanque de su jardín en Giverny, que se reflejan en pinceladas azules, amarillas y rojas, y contrastan con el verde del agua.

Las obras de Michel Paysant pretenden generar una cercanía con el cuerpo y las pinturas de Monet, como si el ojo pudiera tocarlas. Resulta fascinante que, a través de otros medios —como el uso del tracking, que dibuja a través del movimiento de la mirada—, el desplazamiento de los ojos al contemplar la obra de arte produzca un registro que remite a un análisis puramente afectivo. Aquí no opera la lógica de la comprensión racional, sino el cuerpo como espacio de la experiencia sensible. No hay corrección posible en ese trazo, ya que el movimiento de la mirada se asemeja al entrar en el vacío, un gesto sin retorno. La mirada ve antes de que la mente procese.

El tracking no tiene, en origen, nada de artístico, puesto que se basa en datos en bruto, trazos y diagramas, que solo adquieren significado tras su análisis. En este sentido, el trabajo artístico transita del diagrama hacia una línea que logra capturar la sensibilidad del cuerpo. 

La instalación titulada Luminaria, captura los puntos de fijación de la mirada, correspondientes a micro-oscilaciones que el ojo realiza dependiendo de la emoción que experimenta al observar el objeto en cuestión. Michel Paysant decidió interpretarlas como esculturas luminosas que pudieran, de alguna manera, evocar los nenúfares flotando en el estanque de Giverny. 

Para esta pieza, colaboró con el músico Melaine Dalibert, quien compuso Musique pour le lever du jour, una obra construida a partir de notas de piano tocadas de manera vertical. En esta resonancia, lo que le interesa al pianista es el intervalo entre una nota y otra. El artista decidió utilizar aspectos abstractos de la mecánica del ojo junto con la composición musical.

Finalmente, la idea era crear una instalación en la que el espectador pudiera ingresar a un espacio capaz de generar la misma sensación de calma que el cuerpo experimenta al observar los Nenúfares de Monet, tanto en el Musée de l’Orangerie como en Giverny. Un estado de contemplación que el propio artista vivió al permanecer frente a la serie, entre el museo y el paisaje natural.

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