Incandescencia halógena: presente, pasado y un poquito de teatro

¿Sabemos cuál fue su origen y cuál será su futuro ante la presencia, hace ya tiempo innegable, de otras alternativas más sustentables?

 

       

    

Durante muchas décadas, y antes del desarrollo y comercialización masiva de los LED en particular y otras fuentes de luz como las lámparas de descarga, la incandescencia halógena fue la protagonista en todo tipo de espacios de representación: desde pequeñas salas alternativas a grandes espacios operísticos. Pero, ¿sabemos cuál fue su origen y cuál será su futuro ante la presencia, hace ya tiempo innegable, de otras alternativas más sustentables?

Antes de hablar de las lámparas halógenas es necesario acordarse de sus predecesoras, las incandescentes. Fue en el año 1879 cuando se utilizó por primera vez en la historia la electricidad para iluminar una calle; el artífice de esta hazaña fue Edison, a quien se conocía en aquellos momentos como “el mago de Menlo”. Y fue precisamente la calle Christie de Menlo Park, Nueva Jersey, la elegida para ser la protagonista en este punto y aparte de la historia. Engalanada con 30 lámparas, la calle Christie, donde Edison estableció su laboratorio de investigación, fue tan solo el comienzo de algo mucho más grande: 3 años después, en 1882, “el mago” consiguió iluminar Pearl Street al completo, es decir, además de la calle en sí misma, los hogares y comercios también fueron dotados de luz. Se puede decir que la distribución comercial de la energía eléctrica comenzó en esta calle de Manhattan, Nueva York, para lo cual se instaló también la primera central eléctrica, que daría servicio durante 3 años.

     Más allá de la eterna polémica sobre la autoría de la lámpara incandescente (ciertamente comprensible por otra parte) se puede decir que Edison no quería únicamente inventar una lámpara cuyas características la hicieran práctica para su uso diario; su pretensión más bien fue la de iluminar el planeta, cosa que comenzó a llevarse a cabo después de 1882. Si Swan obtuvo la primera patente de la lámpara incandescente y en términos generales se le considera el inventor de la misma, Edison se encargó de mejorarla y comenzar a electrificar las ciudades.

El problema principal de las primeras incandescentes era su duración: Swan consiguió en un primer momento mantenerlas encendidas durante 13 horas, y mejorando el vaciado de la ampolla Edison alcanzó las 40. El filamento que mejor funcionaba en aquellos momentos era el de carbono, pero ciertamente se requería una optimización de la vida útil de las lámparas; ya se sabía que el tungsteno era más adecuado debido a su elevado punto de fusión, pero el problema era que no se contaba con una técnica que permitiera fabricar filamentos con él. Al iniciarse el siglo XX se consiguió, y poco a poco se fueron introduciendo mejoras en la lámpara incandescente.

Si en un primer momento el buen funcionamiento de la lámpara pasaba por obtener un vaciado absoluto de la ampolla, posteriormente comenzó a llenarse con gases inertes que aumentarían su durabilidad. Y así fueron pasando las décadas hasta que la lámpara incandescente, nuestra cálida bombilla, llegó a ser algo que parecía poder perpetuarse para siempre.

Pero su calidez y su forma amable no pudieron compensar su poca eficiencia: del 100% de la energía que emite una incandescente, aproximadamente tan solo entre el 5 y el 10% se convierte en energía radiante, y el 90- 95% restante se pierde en calor. En una sociedad que parece necesitar cada vez más inundarlo todo con luz (perdiéndonos otras cosas como por ejemplo ver las estrellas), la incandescente demostró ser una fuente luminosa muy contaminante. El 1 de septiembre de 2012, y tras más de 130 años conviviendo con nosotros, en la Unión Europea entraba en vigor la Directiva Ecodesign 2009/125/CE, que prohibía la fabricación de lámparas incandescentes desde ese día, ratificando así el proceso de sustitución de estas lámparas que comenzó 3 años antes, en 2009. Eso sí, las que estuvieran en stock podrían ser comercializadas.

De las incandescentes nos quedan las halógenas, que también funcionan con un filamento de tungsteno o wolframio. El gas halógeno del que están llenas, al entrar en contacto con el tungsteno, forma halogenuros de tungsteno que posibilita que las partículas de wolframio que se van desprendiendo con el uso de la lámpara vuelvan a depositarse en el filamento, haciendo de esta manera que la vida útil del mismo sea más larga y evitando el ennegrecimiento de la ampolla. A este proceso se le llama comúnmente ciclo del halógeno y gracias a él estas lámparas tienen una duración mínima de 2000 horas, frente a las 1000 de una incandescencia normal.

        La temperatura de color de las halógenas suele resultarnos agradable al tratarse de una lámpara cálida, y son en este sentido las más cercanas a las antiguas incandescentes. No obstante tienen un buen Índice de Reproducción Cromática y pueden llegar a los 25 lúmenes por watt, además de ser totalmente atenuables, siendo ésta una característica muy deseable en determinados entornos como el espectacular. Además, el encendido instantáneo, -cualidad también importante en el ámbito teatral- y la luminosidad máxima se efectúan nada más encender la lámpara. Su intensidad puede ser ciertamente constante a lo largo de toda su vida en las muy numerosas morfologías en las que se fabrican: de ampolla, lineales, anulares, con reflector, de casquillo Edison o bi-pin, y un largo etcétera.

En cualquier caso y a pesar de todas las bondades de las halógenas, lo cierto es que dejan bastante que desear en cuanto a su eficiencia aunque superen a las incandescentes iniciales, y no menos cierto es que nuestro planeta es el primero que sufre las consecuencias del despilfarro energético. En septiembre del pasado año 2016 estaba previsto que entrara en vigor la prohibición de fabricar halógenas, pero la industria de la iluminación y la Unión Europea acordaron retrasar dicha prohibición hasta el 2018.

La incandescencia halógena tradicionalmente ha sido la más empleada en los denominados focos “convencionales” para iluminación teatral, aunque en muchos espacios está siendo sustituida por la tecnología LED. Su calidez en torno a los 3200 Kelvin ya hace tiempo que fue conseguida por los LED, pero ¿es posible que un diodo provoque la misma sensación que un filamento, más allá de los números, y teniendo en cuenta la ecuanimidad en la validez estética de ambas? Sin duda no lo es, y siendo la luz en todo hecho escénico la encargada no solo de permitir que se vea lo que ocurre en escena, sino también de ambientar, expresar o contar, tendremos que esperar hasta el año que viene para comenzar a vislumbrar un futuro en el que los diseñadores de iluminación teatral (y de otros ámbitos) quizás tengan que prescindir de las características de las halógenas a la hora de ejecutar sus diseños.

Alejandra Montemayor Suárez

Septiembre de 2017

Contacto: diasdeluz@gmail.com
 

        

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