La admiración de la artista californiana Helen Pashgian (1934) por la luz y el arte estuvo influenciada por Johannes Vermeer, el pintor neerlandés que estudió la percepción y los efectos de la luz en el siglo XVII. Formada como historiadora del arte, comprendió que la luz no era solo un concepto para estudiar, sino un medio para comunicar y transmitir presencia. Así concibe también sus obras, como presencias en el espacio que deben contemplarse desde todos los ángulos para percibir los cambios de la luz. Aparece. Desaparece. Es visible e invisible al mismo tiempo. Una presencia que se encuentra en constante movimiento.



A lo largo de su carrera, su producción ha estado conformada por series de esculturas en forma de columnas, discos y esferas en una amplia variedad cromática, cuyas composiciones incluyen elementos aislados que parecen suspendidos o incrustados en su interior. El uso de resina epóxica y plástico industrial fue característico de su producción en los años sesenta, periodo en el que superficies translúcidas filtraban y contenían la luz. Su principal motivación fue mantener la luz como objeto y sujeto de su obra.
En este sentido, la relación de sus obras con el público involucra una participación activa, ya que la contemplación pasiva no permite percibir la experiencia que la artista busca transmitir. La transparencia y la translucidez de los materiales son decisiones deliberadas que aluden a su infancia en el sur de California, evocando la luz que se reflejaba en las pozas de marea formadas entre las rocas en la orilla del mar, donde jugaba y observó cómo el movimiento de las ondas de luz penetraban el agua. Fue en ese momento que comprendió que la luz estaba viva y que necesitaba recrear esa sensación.







Es interesante la relevancia de sus estudios en historia del arte la llevaron a utilizar la teoría y el análisis a la evolución de su obra. De ahí, llevó su investigación a una residencia en Cal Tech de 1969 a 1970, donde aprendió las propiedades de la luz en colaboración con ingenieros y científicos del Jet Propulsion Laboratory. Dicha residencia le brindó los conocimientos necesarios para explorar diferentes posibilidades de refracción y reflexión de la luz al observar el cambio de los objetos de acuerdo con la alteración de la luz.





La obra de Helen Pashgian nos recuerda la pertinencia de las experiencias sensibles que nos marcan en la infancia, ya que estas memorias afectivas nos impulsan a buscarlas o recrearlas a lo largo de la vida. En su práctica, el arte se convierte en el medio que posibilita esa recreación, y la luz, en todas sus expresiones, se transforma en el material fundamental para capturar y transmitir esas sensaciones. Los efectos de la niebla, del sol y de la luz sobre el mar no solo son recuerdos de su infancia, sino también herramientas que le permiten materializar en sus esculturas la vitalidad, el movimiento y la presencia de la luz, haciendo tangible aquello que percibió como intangible.



