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Por Almudena Barragán

Este artículo fue originalmente publicado en octubre de 2014:

Amanece el 2 de noviembre a través de la neblina. Los primeros rayos de sol acompañan a las almas de los difuntos que regresan una vez más para reunirse con su familia. La luz es blanca y limpia, todo lo inunda mientras las familias remueven la tierra, abrillantan las tumbas, decoran con flores y recuerdan a los que ya no están.

A medida que el sol va muriendo entre los muros del panteón, el olor a copal, humo, cempasúchil e incienso crecen, envolviendo en una atmósfera mágica de calor, devoción y misterio una de las fiestas más místicas y auténticas que tiene México.

Mitad sagrada, mitad profana, el día de muertos en San Andrés Mixquic recibe cada año a decenas de miles de visitantes que quedan maravillados con la cultura y la tradición ancestrales de velar a los muertos y compartir con ellos un trocito de vida.

«Y ante la muerte, como ante la vida, nos alzamos de hombros y le oponemos un silencio o una sonrisa desdeñosa. (…) El desprecio a la muerte no está reñido con el culto que le profesamos. Ella está presente en nuestra fiestas, en nuestros juegos, en nuestros pensamientos. Morir y matar son ideas que pocas veces nos abandonan. La muerte nos seduce. La fascinación que ejerce sobre nosotros quizá brote de nuestro hermetismo y de la furia con que lo rompemos.»  Octavio Paz “El Laberinto de la Soledad”.

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