Luces de la Ciudad en Mextropoli. Crónica de un recorrido en la oscuridad para apreciar la luz

Para la iluminación del patrimonio se puede considerar un discurso integral entre la historia del inmueble, la belleza de sus formas y la capacidad de la iluminación para expresar su presencia

Por: Paulina Marín

Para cerrar el programa de conferencias de Tarde de Luz en el festival Mextrópoli, se emprendió la Ruta: Luces de la Ciudad, un recorrido nocturno por el centro histórico de la ciudad de México. 

Nos encontrábamos al exterior del Centro Cultural de España a punto de comenzar, cuando recordé la descripción que Lope de Vega le da a la noche, entre otras cosas le dice fabricadora de embelecos, encubridora vil y espantadiza de sus mismos ecos. 

En estos 600 años que nos separa del mundo de aquel poeta, nuestro entorno citadino da cuenta de los cambios y las permanencias en cuanto a esta idea. En efecto, la oscuridad sigue en el imaginario como un espacio de incertidumbre o peligro. No obstante, la iluminación artificial ha permitido disiparla, y no solo eso, ahora es capaz de superar el aspecto funcional, ya que se tiene la capacidad de manipularla para contarnos lo que su autor o en este caso el diseñador de iluminación desea expresar.

 Nuestros guías fueron dos especialistas en la industria, Marco Góngora y Alejandro Vargas de Santiago quienes nos dividieron en dos grupos para poder agilizar la caminata ya que fuimos más de 150 personas inscritas. Al comenzar, lo primero que se habló fue sobre algunos aspectos generales del alumbrado público y la influencia que tiene la luz azul sobre los peatones y el ambiente, así como las alternativas que ofrece el LED  para una iluminación vial más eficiente. 

A continuación avanzamos por el costado de la Catedral y mientras recibíamos involuntariamente la curación mística del humo del copal y los cantos de las caracolas, se habló de un tema de suma importancia, la carta de Taxco. Este manifiesto busca marcar una serie de criterios para la correcta iluminación nocturna de monumentos y centros históricos. 

Uno de sus lineamientos más importantes es que no se permite la perforación o anclaje de luminarios por respeto al sentido y la vocación de cada inmueble. Lo que nos recordó la plática de Álvaro Nieva, quien horas antes, en las conferencias de Tarde de Luz, nos habló de un «equilibro triangular» respecto a los proyectos de diseño de iluminación arquitectónica y de cómo en ocasiones la instalación de los equipos afectaba directamente al material de la construcción, así como la calidad estética del edificio. 

Al respecto, se habló de la iluminación de la fachada principal de la Catedral y del Sagrario, particularmente de como el proyecto cumple con los lineamientos de la Carta de Taxco al tener instaladas las luminarias a una distancia razonable del inmueble, aunque pudieran perderse algunos detalles de los nichos barrocos. 

Poco después cruzamos hacia la explanada del Zócalo. En contraste con la calle saturada de luz fría que dejamos atrás, nos adentramos en una oscuridad asediada de luz hacia los cuatro puntos cardinales. Efecto que nos facilitó observar con mayor detenimiento los edificios que rodeaban.

Primero llamó la atención el Palacio Nacional y la carencia de su antiguo cercado, lo que permitió apreciar mejor su arquitectura barroca y neoclásica, donde en algún momento también fuera el palacio de Moctezuma. Respecto a su iluminación, fueron los miembros del grupo quienes se percataron de un atractivo y a la vez discreto discurso de luces, el cual acentuaba algunos aspectos de su diseño tales como los arcos de las ventanas, su cornisa y las almenas.

Al continuar con el recorrido, vaya casualidad fue al pasar frente la calle 20 de noviembre donde había una pequeña exposición fotográfica de la historia de la iluminación del centro histórico. Por desgracia, solo unos cuantos la notaron, ya que estaba oculta en la oscuridad (vaya ironía) de la explanada. Sobra decir que de haber estado iluminada, habría sido un interesante punto de análisis para el grupo. 

Dado que el usuario final de la iluminación arquitectónica es el transeúnte, Marco Góngora hizo una pregunta muy importante: ¿cuál de los edificios destaca más según su percepción y cuál los hace pensar que tenía la intención de ser destacado? La respuesta fue variada, algunos mencionaron que era la Catedral por tener una “intensidad de tonos blancos” pero a su vez, veían también una intención más puntual en el Palacio Nacional y en el antiguo Palacio del Ayuntamiento (donde por cierto, en el motín de 1692, otro Góngora salvaría las actas de Cabildo, importantes documentos para la historia del país). 

Al llegar a la calle de Madero y tras camuflarnos entre la multitud de turistas, Alejandro Vargas comentó que hasta hace dos años, la iluminación de esta calle era muy elevada al punto de no poder apreciar los planos verticales de los edificios, ya que había un alto indice de deslumbramiento y que bastaba ponerse bajo algunas de las farolas para comprender que aún faltaba trabajo por hacer para generar una iluminación más saludable, pero que se estaba yendo por buen camino. 

Como es bien sabido, Madero es una de las calles más agitadas del centro histórico, así que entre el bullicio y las invitaciones a restaurantes, tatuajes y perforaciones, se optó por dar vuelta en Isabel la católica. 

Justo antes de llegar al Casino Español, de nueva cuenta salió a relucir el tema del deslumbramiento cuando Alejandro nos pidió que tuviéramos cuidado con los luminarios uplight que había a lo largo de la banqueta, a lo que inocentemente muchos de nosotros volteamos a ver y quedamos cegados por un par de minutos. 

Después llegamos a la calle 16 de septiembre y entre hamburguesas piratas y pan dulce, nos detuvimos para apreciar el número 54 de esta calle. Esta librería e imprenta perteneciente a la familia Murguía desde hace 170 años, por un lado, tiene una iluminación correcta y atractiva, sacada quizás de alguna novela romántica o de una postal. Por otro, hubo un par de secretos que se mantuvieron en la sombra y que en otras circunstancias habría hecho que el propio edificio hablara de su pasado. En los balcones del primer piso se encuentran invisibles en la penumbra los bustos de Gutenberg y Senefelder (inventor de la litografía). De igual forma, en los cinco balcones del segundo piso, están representadas las alegorías de la pintura, la música, la geografía, la medicina y la industria y arriba de ellas, grabadas en piedra la fecha de 1846 y Antigua Casa de Murguía, rematando en la parte más alta con un Mercurio Alado. 

Ciertamente nos enfrentamos a situaciones similares con cada uno de los edificios del centro histórico, hay demasiada historia sobre esos muros de tezontle y cantera que se puede aprovechar en futuros proyectos para ir incluso más allá del aspecto estético y funcional. Algo  así como un discurso integral entre la historia del inmueble, la belleza de sus formas y la capacidad de la iluminación para expresar su presencia. 

Acercándonos ya al final, cruzamos al más estilo espartano por Eje Central para llegar al palacio de Bellas Artes donde Alejandro compartió su experiencia trabajando para ese proyecto. De nuevo mencionó como las luminarias están retiradas del inmueble para no afectar los materiales originales, así como la capacidad que tienen de cambiar las temperaturas dependiendo de las necesidad, sugiriendo los tonos fríos ya que permiten destacar ciertos relieves a comparación de la luz cálida que los hace ver sucios o pardos.

La última parada del recorrido fue la pizzería Cancino Alameda, pues ciertamente ver tanta luz abre el apetito y reseca la garganta. Así concluyó esta ruta de luz, no dudo que este grupo de caminantes noctámbulos ahora perciban la ciudad de noche con otros ojos, ya no como una fabricadora de embelecos o encubridora vil como hace 600 años, sino fabricadora de oportunidades para apreciar la ciudad con otra luz.

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