Luz de hogar. Arquitectura y luz

“La luz es la vestidura del fuego; por eso la luz siempre tiene una relación con la materia.” Omraam Mikhael Aivanhov frase de su libro (1957).

Andrés Francisco Chávarro Pérez es egresado de la carrera de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Colombia, titulado con el proyecto  "¿Sostenibilidad para qué?". Se ha desempeñado en el área de construcción y diseño participando en proyectos como la construcción de la Universidad Distrital y la ampliación en el Movistar Arena, ambos ubicados en Bogotá. Actualmente estudia la especialización en diseño de Iluminación arquitectónica de la UNAM.

Por Andrés Francisco Chávarro Pérez

Esta colaboración es parte de una colección de ensayos de los alumnos de la Especialidad de Diseño de Iluminación Arquitectónica de la UNAM DIA para la materia Luz y arquitectura impartida por el ing. Víctor Palacio:

Todo lo que vemos es gracias a la luz, los astros, el sol, la luna, nuestra imagen y la de los demás. Nuestra existencia es posible gracias a ella, relata la biblia: hizo dios la luz el primer día, durante la semana de creación de vida en nuestro planeta. Las culturas originarias del mundo han guardado un gran respeto y relación con la luz que emana del sol. No es extraño encontrar una cultura donde no se relacione al astro sol con un ser divino dador o dadora de vida.

Si bien los pueblos indígenas en nuestra América conocían y convivían acorde a los ciclos naturales que marca el día y la noche, encontraron en la observación nocturna durante lo que entendemos como oscuridad una ventana abierta al conocimiento estelar. Un panorama que hoy es exclusivo de astrónomos y algunos aficionados particulares que buscan un lugar propicio cada vez más escaso para poder observar la belleza de nuestro vecindario.

Cuando recorremos los pueblos y veredas de nuestros países, si hemos sabido ver, encontraremos conocimientos ocultos en la arquitectura. Una lectura desprevenida nos comunicaría una imagen relacionada a nuestra percepción personal de lo que nos es extraño. Podría relacionarse una vivienda vernácula con una casa humilde, quizá pobre, por ejemplo. Pero qué sucede cuando la habitamos, cuando nos damos la oportunidad de vivir la experiencia sin prejuicios racionales. Quizás encontramos regocijo en la sombra del zaguán, o alegría al sentir la entrada del sol en una habitación que fue pensada para ver los animales que habitan el campo. A veces una brisa refrescante o quizá también un viento impertinente que puede hacernos estornudar. Hablamos de nuestra relación con el entorno cuando hacemos parte de algo vital.

La arquitectura describe la escala perfecta de nuestro presente. Y es ahí donde viajamos en un éxodo constante a las ciudades más confortables, las más llamativas, lugares cosmopolitas. Lugares que no duermen. Donde el ser humano se trastoca y pierde su conexión con lo natural. Lo artificial está por doquier. Nuestra imagen es una construcción efímera y cambiante según las modas colectivas que nos dictan los medios que dominan la tecnología cibernética. Los edificios inteligentes suelen desatender las sutilezas que nos habitan. ¿Terminaremos promulgando los derechos de las máquinas?, confirmando el postulado de las películas futuristas, donde vivimos mediante relaciones virtuales añorando un pasado cálido, como lo es el hogar materno.

Solemos correr detrás de una zanahoria por la innovación de lo extraño, de lo ajeno. Sin darnos cuenta que durante la carrera se nos ha caído la herencia, la conexión háptica con el mundo.


La luz es el medio y no un fin en si misma. Cómo todo lo importante exige paciencia y entendimiento. Por esto es importante masificar una conciencia de aprecio y gusto por los espacios pensados en luz, no solo por el ideal evocador que nos conmueve, sino por la experiencia viva que cualifica la arquitectura de nuestros espacios cotidianos que son finalmente los escenarios recurrentes de nuestro día a día.

La luz en los espacios se privilegia cuando juega con los rayos de sol, cuando se comparte una conversación abierta y dinámica entre el dios que nos habla y nosotros escuchando emocionados por la belleza de su presencia. Las ciudades tienen monumentos, museos, edificios importantes que permiten esta epifanía, pero que son tan escasos que las gentes poco lo advierten, aun cuando saben que existe, lo hemos sentido, pero puede que se entienda como el “amparte”, ese arte que se exhibe sin arraigos.

Los espacios de encuentro suelen ser dominados por la luz. Las plazas, los jardines, los patios. Esta importancia se impone con la luz eléctrica, la luz artificial que domina hoy por hoy estas ciudades, donde vivimos. Nace como una herramienta que le permitió al ser humano ver en la oscuridad y extender sus actividades más allá del dictamen divino del gran astro. El dominio de la luz por parte del ser humano ha sido un salto evolutivo que sigue creciendo y sorprendiendo a cada generación. Cada vez se está llegando a la necesidad de balancear el uso de está luz, en relación a nuestra salud y bienestar, ya que somos hoy consientes que las luces tanto natural como artificial son diferentes y por lo tanto debemos esperar diferentes comportamientos y manejos de las mismas.

En la arquitectura se logra este encuentro, casi sin esfuerzo, ya que hace parte de la vida cotidiana de cada ser humano, pocos han llevado a cabo proyectos que logran congeniar estos dos momentos de la arquitectura, el día y la noche. La estructura va de la mano con la luz, repetía el arquitecto mexicano Aurelio Nuño. Gran enseñanza que abanderaron grandes constructores en la historia. ¿Por qué será tan esquiva la conciencia de lo intangible?

Conocer la luz en México es entender que al volver a Colombia veré de otra manera los espacios donde crecí, no solo por los matices del tiempo, tengo un conocimiento adicional, la conciencia de que a pesar de que está iluminado con el mismo astro, con su mismo fuego, los espacios arden diferente porque resuenan en mi propia experiencia vivida. Podría decir que la luz y el lugar también van de la mano porque los lugares para mí, son mis espacios conocidos, un espacio construido y añorado.

Todo lo que pueda recordar está plasmado en colores, en sensaciones que tienen vida en el recuerdo a pesar de volverse manchas, con el tiempo se van volviendo más borrosas y que sólo al sentir la calidez de un baño de sol, siento el regocijo de la vida que llevo en mi cabeza.

Gracias México.

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