Oscar Niemeyer (1907–2012) fue un arquitecto brasileño cuya longevidad (vivió hasta los 104 años), le permitió ser testigo y protagonista de la evolución de la arquitectura durante el siglo XX. Se graduó de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Río de Janeiro, trabajó con Le Corbusier en el diseño del edificio de la ONU en Nueva York y fue el encargado de los edificios gubernamentales de Brasilia, la capital que le dio fama mundial.
“No es la línea recta la que me atrae, dura, inflexible, creada por el hombre. La que me atrae es la curva libre y sensual. La curva que encuentro en las montañas de mi país, en la sinuosidad de sus ríos, en las nubes del cielo y en las olas del mar. De curvas está hecho el universo, el universo curvo de Einstein”
Oscar Niemeyer
La luz es fundamental para el diseño de sus obras. A diferencia del racionalismo, que busca una luz homogénea, el interior de sus edificios apuesta por una luz natural, irregular y heterogénea que crea zonas de iluminación diferenciada, así Niemeyer rompe con la monotonía y dota espacios de jerarquía visual.
La transparencia, la liviandad y la ilusión de que sus edificios apenas tocan el suelo, son efectos característicos de algunas de sus obras gracias al tratamiento lumínico, que aporta movimiento y contrarresta la monumentalidad del concreto.
Algunos ejemplos de sus obras y el uso de la luz son:
Catedral de Brasilia
En este espacio, las 16 columnas curvas se abren al cielo, y el espacio entre ellos está sellado por vitrales que bañan el interior en una gama de luces azules y verdes. El resultado es un cono de luz zenital que elimina las sombras densas en el altar, creando una atmósfera suave que borra los límites.


Memorial JK
Niemeyer utiliza un juego de claroscuro casi teatral. El visitante transita por espacios de relativa penumbra que desembocan en puntos de luz focalizada. La iluminación está diseñada para guiar el recorrido de forma solemne, utilizando la luz para resaltar los elementos conmemorativos, como la cámara mortuoria.

Palacios de Brasilia
En el Palacio de la Alvorada y el de Planalto, la luz se maneja a través de la proyección de sombras. Los grandes voladizos y las columnas crean galerías exteriores profundamente sombreadas. Esto no es solo una respuesta al calor tropical, sino un recurso plástico: la sombra proyectada hace que las pesadas cubiertas de concreto parezcan flotar sobre el vidrio transparente de las fachadas.


La luz en las obras de Niemeyer funciona como un material de construcción invisible. A través de contrastes, reflejos y sombras, el maestro brasileño consiguió que la monumentalidad no fuera sinónimo de pesadez. Su legado es una lección de diseño plástico, una arquitectura donde la luz no solo ilumina la forma, sino que la libera de su propio peso, otorgándole un movimiento y fluidez.



