“Si esto es un hombre”, puesta en escena que recrea Auschwitz mediante la iluminación

¿Cómo representar un campo de concentración de manera que el público pueda llegar a conectar con esa pérdida de humanidad, esa desesperación terminal?

La compañía Cámara Negra Teatro estrenó en España previo a la contingencia sanitaria por el Covid-19 el proyecto teatral de su director Carlos Álvarez-Ossorio, quien también se encarga de la dramaturgia del texto y la interpretación. Primo Levi escribió “Si esto es un hombre” en 1944, durante los 10 meses que pasó en el campo de concentración de Auschwitz.

El diseño de luces corre a cargo de la escénografa e iluminadora Violeta Martínez Ribera, quien apenas utiliza como fuentes de luz halógenos en focos convencionales y un único PAR LED con un electroimán.

Afrontar una puesta en escena para un texto como este no es una tarea fácil, ya que, cómo representar Auschwitz de manera que el público pueda llegar a conectar con esa pérdida de humanidad, esa desesperación terminal?

Fotografía: Álvaro Rodríguez Galán

Al entrar en el teatro tan solo vemos el espacio casi vacío, despojado incluso de la cámara negra, y poco a poco nos damos cuenta de que el viaje que nos es propuesto es un viaje mental, guiado a través del actor y de la luz, pero que deberá ser recreado por cada uno de los asistentes.

        

Asistimos a la destrucción física y psíquica del personaje, quien a pesar de las condiciones extremas se agarrará a su escritura imaginamos que como forma de no perder la cordura del todo. El ser humano queda despojado de toda humanidad, la vida se convierte en un continuo sobrevivir al minuto siguiente, y para mostrar esta forma de no-vida, la atención está constantemente puesta en el actor, cuya proxemia por el espacio y su tránsito de un lugar a otro (el barracón, el tren…) entrará en plena simbiosis con la iluminación.

El diseño de iluminación es un ejemplo de esas propuestas que no necesitan de grandes artificios para mostrarse contundentes en lo que cuentan, en lo que transmiten. Ese es absolutamente este caso. Con un tempo lento, que nos lleva de una transición a otra, de un espacio mental a otro, de un espacio referenciado a otro, Violeta Martínez consigue con una sutileza impecable un espacio evocador, simbólico en ocasiones, que nos hace pensar si esto podría ser representado de otra manera.

Fotografía: Álvaro Rodríguez Galán

El intérprete interactúa con la luz, aprovecha las crudas luces cenitales para mostrarnos el lado más maltrecho de su ser, o las que provienen del suelo y las laterales para relatar cómo poco a poco le fueron despojando de toda su dignidad. A veces el actor está fuera de foco y es iluminado por reflexión para conseguir subrayar determinados estados mentales, y así interpretación y luz se muestran como un tejido único, como si hubieran sido entrelazadas poco a poco, con cuidado, durante todo el proceso de creación; pocas veces se ve esto de forma tan clara y tan continuada encima de un escenario.

Además de asistir a la transformación físico-psíquica del personaje, a un nivel más formal la luz también ha de ser mencionada, ya que el diseño tiene en cuenta la incidencia de los haces en el suelo, con los que crea espacios, diagonales, nos acorta el escenario, nos lleva de repente a un espacio con mayor profundidad, y esto teniendo como escenografía únicamente una silla, una caja y una botella de agua.

       

Se cumple al máximo aquí la afirmación de que es cierto que se puede recrear un espacio sin escenografía, pero no sin luz. Aún así, los pocos pero escogidos materiales físicos presentes en escena nos llevarán a atmósferas de una riqueza visual extrema, como el momento en el que el actor se cubre con las cenizas; aparte de por su contenido simbólico en sí mismo, estas cenizas cobrarán una fuerza inusitada transformando el escenario al quedar suspendidas durante un largo espacio de tiempo, interactuando con la luz y transportándonos de repente a un lugar irreal y devastador, como tuvo que ser el propio campo de concentración; somos partícipes en el mismo instante de la representación de algo que pasó hace 75 años lejos de donde estamos.

Fotografía: Álvaro Rodríguez Galán

Las huellas del intérprete en el escenario al caminar sobre esas cenizas y bajo una luz oscilante nos trasladan a un nuevo espacio simbólico; las huellas son plasmadas en una suerte de círculo y atmósfera irreal de los que parecerá que es imposible salir también, conduciéndonos cerca de un final de obra que, aunque sabíamos que llegaría con las tropas de la liberación, nos deja la respiración contenida.

Es un texto muy duro, crudo, que produjo un impacto fortísimo en el director Carlos Álvarez-Óssorio cuando cayó en sus manos en el año 2008. Durante los casi 10 años siguientes batalló para conseguir que los herederos de Primo Levi le concedieran los derechos de autor y en 2017 por fin fue cumplido su deseo, siendo la primera vez que se otorgan en España para una versión teatral que se estrenará en 2020.

Solo nos queda darle la enhorabuena al actor y la iluminadora por su trabajo y después recomendar asistir a esta obra.

[box]Alejandra Montemayor Suárez es titulada superior en Arte Dramático especialidad Escenografía; tiene un máster en Diseño de Iluminación Arquitectónica por la Universidad Politécnica de Madrid y otro máster en Artes Escénicas por la Universidad de Vigo. Como iluminadora ha trabajado con diferentes compañías teatrales, así como en galas y eventos; como escenógrafa ganó el Premio Teatro Joven de Sevilla en 2008. Ha colaborado redactando el capítulo sobre Iluminación Teatral para el Libro Blanco del Comité Español de Iluminación. Realiza el doctorado en Arte Contemporáneo en la Facultad de Bellas Artes de Pontevedra y está desarrollando y codirigiendo un proyecto que relaciona música electrónica, control e improvisación de la luz, en el que se encarga del diseño y ejecución de la iluminación[/box]

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