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La luz es, sin duda, fundamental para la vida humana. La iluminación de una ciudad puede definir la manera en que ese lugar se percibe y se habita. En este sentido, la luz excede la visibilidad, pues transforma el ambiente y, en ciertos casos, se consolida como un rasgo emblemático de distintas ciudades.

Al anochecer, a orillas del Danubio, en Pest, el Parlamento de Budapest deja de ser solo una construcción neogótica con toques renacentistas y barrocos, y se convierte en la esencia viva de la capital húngara. No es coincidencia que sea uno de los edificios más retratados ni que una de las experiencias turísticas de la ciudad consista en recorrer el río en un crucero para apreciar el momento en que el edificio se ilumina y adquiere una presencia que se impone a quien lo contemple.

De este modo, la iluminación del Parlamento, además de producir una imagen casi pictórica, ofrece una experiencia que, durante el día, no sería posible percibir. Es una relectura del espacio y, al mismo tiempo, una extensión de la arquitectura que enciende una relación afectiva con la identidad de cada cultura.

El Parlamento está bañado por una luz cálida y rasante que revela la textura del edificio y, al contrastar con la oscuridad, suspende en el tiempo la magnificencia de su reflejo. Se construyó durante alrededor de dos décadas (de 1885 a 1904) y, en plena obra, su arquitecto, Imre Steindl, tras perder la vista, murió sin verlo terminado.

Desde 2014, la BDK Budapesti Dísz- és Közvilágítási Kft. instaló en el entorno del Parlamento de Budapest un sistema de 764 luminarias distribuidas entre el pavimento de la plaza y la fachada del edificio. Para iluminar el icónico paisaje, se destinaron luminarias de sodio, halogenuros metálicos con filtros de color y fuentes LED, que alcanzan una potencia instalada total de 183,8 kW.

Además de ser el edificio más grande de Hungría, es testigo de acontecimientos históricos que han marcado al país –desde las secuelas de las Guerras Mundiales y la caída del Imperio Austrohúngaro, hasta la época comunista, cuando una estrella roja fue impuesta en su cúpula. 

Finalmente, la iluminación del Parlamento de Budapest deleita la mirada, como si el propio edificio, difuminado en el río, estuviera envuelto en una luz tan cálida que parece incandescente. Y nos recuerda que, aunque el tiempo pase y la tecnología avance, la arquitectura no solo se construye para inscribirse en la historia o afirmar poder, sino también para activar experiencias estéticas que se inscriben en el cuerpo, capaces de hacernos sentir vivos.

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