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Traducción autorizada del artículo What the Archaeology Night Reveals de Nancy Gonlin y April Nowell | 20 abril 2018
Imagen destacada: Culture Exclusive/Lost Horizon Images/Getty Images

Hace apenas unas décadas, en gran parte del mundo occidental, las estrellas brillaban con claridad y la Vía Láctea dominaba el firmamento, mientras la noche permanecía sumida en una oscuridad profunda. En el siglo XXI semejante escena se está convirtiendo en una rareza en muchas partes del mundo, ya que iluminamos la noche como nunca antes.

Nuestra relación con la noche es muy distinta a la de nuestros antepasados. Antes de dominar el fuego, los primeros humanos vivían la mitad de su existencia en la oscuridad, iluminados únicamente por la luna cuando el cielo lo permitía.

Cuando los humanos aprendimos a controlar el fuego, (aprox. hace unos 400 mil años), comenzó una larga historia de iluminación artificial. Incluso las personas que vivieron hace relativamente poco tiempo (aquellas con velas, lámparas de aceite y los inicios de la electricidad) estaban mucho más familiarizadas con la oscuridad que nosotros hoy. Su mundo nocturno simplemente no era tan luminoso como el nuestro.

Pero ¿Qué hemos ganado al iluminar la noche? ¿Hemos perdido algo en los esfuerzos por desterrar la oscuridad? ¿Estaba mejor el mundo cuando reinaba la oscuridad? La noche siempre ha fascinado a la humanidad, trae consigo una parte de nuestra existencia que es a la vez temida y venerada. Sin embargo, la investigación sobre la vida nocturna en la antigüedad apenas ha comenzado a desarrollarse en años recientes.

Al estudiar tanto el Paleolítico (tema de April Nowell) como el mundo maya (investigación de Nancy Gonlin), las autoras descubrieron lo poco que se sabía sobre este tema. Con el apoyo de otros arqueólogos, emprendieron entonces la elaboración del libro Arqueología de la Noche en 2018 (del cual son coaeditoras). Los antiguos hábitos nocturnos eran numerosos y se parecían diversas actividades nocturnas actuales: dormir, observar las estrellas, trabajar, mantener encuentros íntimo, asistir a ceremonias, celebrar reuniones, etc.

Réplica de una lámpara paleolítica de aprox. 17,500 años hallada cerca de Lascaux, Francia. | Imagen: April Nowell

Si crees que una vida nocturna ruidosa es un rasgo distintivo del mundo moderno, ¡piénsalo de nuevo! La antigua Roma era una ciudad bulliciosa también durante la noche. Carros abastecían tabernas y las celebraciones se prolongaban hasta el amanecer, lo que inspiró a un poeta a escribir: «La risa de la multitud que pasa me despierta y toda Roma está junto a mi cama».

Los estudios interculturales sobre la noche cuestionan lo que se considera universal para el mundo occidental actual, como dormir 8 horas seguidas, pero un ejemplo demuestra que estos patrones están, de hecho definidos culturalmente. Entre los romanos era común dividir el descanso en dos periodos de sueño, separados por momentos dedicados a la oración, la lectura, el sexo o la reflexión.

En la antigua Mesoamérica, las ciudades mayas del periodo Clásico (250-900 d. C.) y Posclásico (900-1521 d. C.), mantenían una intensa actividad nocturna. La caza, vigilancia de cultivos, preparación de alimentos y celebraciones tenían lugar cuando la gente no dormía. La reducción de la visibilidad hacía que otros sentidos se agudizaran. Los jaguares recorrían el paisaje, los insectos zumbaban y las plantas florecían perfumando el ambiente nocturno. El crepitar del fuego en antorchas y hogares iluminaba y calentaba, ahuyentando a seres, tanto reales como fantásticos que habitaban la oscuridad.

Plato maya del período clásico muestra la noche (abajo) y el día (arriba). Justin Kerr

La noche era a la vez sagrada y temida. Se hacían ofrendas para los dioses del inframundo, asegurando la salida del sol. La diosa de la luna cabalgaba sobre su ciervo por el cielo, vigilando a quienes se adentraban en la oscuridad. Se celebraban ceremonias en las que se bebían brebajes embriagadores de cacao y se bailaba a medianoche. Personas de todas las clases sociales practicaban la sangría extrayendo sangre con filos de obsidiana, espinas y cuerdas con púas para honrar a sus ancestros. Las observaciones astronómicas de Venus determinaban si se avecinaba una guerra o si la paz era lo más sensato.

En ciudades como Copán, Honduras, durante unos 250 años (600-850 d. C.), los habitantes compartían una ruidosa vida nocturna. Los mayas clásicos escribieron sobre muchas de estas actividades, y hoy tenemos la fortuna de poder comprender su escritura, que nos permite comprender mejor su vida nocturna.

La noche era un momento a la vez ominoso y sagrado.

En otras culturas, las tecnologías de iluminación reflejaban la estrecha relación entre noche, oscuridad y muerte. En el antiguo Egipto, la luz desempeñó un papel fundamental en rituales funerarios y creencias sobre el viaje al inframundo.

En otras partes del mundo, se crearon tecnologías de iluminación que nos revelan la relación que se percibía entre la noche, la oscuridad y la muerte. Cada día al anochecer en el antiguo Egipto, el dios sol Ra moría en el oeste, sumiendo al mundo en la oscuridad. La iluminación desempeñó un papel esencial en los rituales funerarios y terminó en el 1069 a. C. En el famoso papiro del Libro de los Muertos se representan lámparas con mechas, y uno de estos dispositivos de iluminación fue descubierto en la tumba del rey Tutankamón.

Estas son solo algunas de las múltiples actividades nocturnas documentadas a lo largo de la historia: agricultores que regaban de noche en Omán durante la Edad de Bronce (3100-1300 a. C.), metalúrgicos que trabajaban al caer el sol en Zimbabue, navegantes polinesios guiados por las estrellas o esclavos que buscaban la libertad amparados por la oscuridad.

En Zimbabue, durante la Edad de Hierro (200-1900 d. C.), los herreros encendían sus fraguas por la noche para protegerse del sol. Hace más de 4000 años, en el antiguo Pakistán, la limpieza de residuos se consideraba una tarea que se realizaba mejor en la oscuridad. En Polinesia, por siglos, los marineros se guiaban por las estrellas en sus largos viajes de regreso a casa. Los vikingos que al norte de Europa utilizaban lámparas de aceite de pescado, grasa de ballena y de foca para iluminar el interior de sus viviendas subterráneas. En las Bahamas, en el siglo XIX, las personas esclavizadas alcanzaron la libertad, aunque solo fuera por un tiempo, al amparo de la oscuridad.

Las lámparas vikingas, como esta reconstruida, solían estar hechas de piedra. Erin McGuire

Hoy, el resplandor de las ciudades eclipsa las estrellas y crea un paisaje nocturno que nuestros antepasados difícilmente reconocerían. El estudio de la arqueología de la noche nos ayuda a comprender cuánto hemos perdido con el exceso de iluminación.

Nuestra huella luminosa es visible desde el espacio. Millones de personas trabajan en turnos de noche y problemas de salud. Investigaciones recientes demuestran que los ritmos circadianos controlan entre el 10 y el 15 por ciento de nuestros genes y que las interrupciones de estos ritmos están relacionadas con trastornos médicos como enfermedades cardíacas, insomnio y depresión. Incluso se ha sugerido que ciertos tipos de cáncer se deban a la exposición a una iluminación nocturna excesiva.

También existen consecuencias sociales. Durante gran parte de la historia, las personas se reunían alrededor del fuego para compartir historias y canciones. Con la llegada de la luz eléctrica, ya no necesitamos congregarnos en un solo lugar; somos libres de dedicarnos a actividades más solitarias, iluminados por nuestras propias fuentes de luz.

A ello se suman los impactos ecológicos. Organizaciones como DarkSky nos ha alertado sobre el daño ecológico que estamos causando a numerosas especies en todo el mundo. Tortugas marinas y las aves migratorias destacan como las más amenazadas por los hábitos nocturnos de los humanos. Sin mencionar que una mayor iluminación requiere la quema de más combustibles fósiles y, por lo tanto, una mayor contribución al cambio climático.

DarkSky propone medidas como emplear iluminación exterior responsable y promover regulaciones locales. Incluso en países muy iluminados es posible conservar espacios dedicados a la observación del cielo nocturno. Cada uno de nosotros puede contribuir a disminuir la luminosidad de la noche.

Nuestras investigaciones arqueológicas muestran que, aunque nuestra relación con la noche ha cambiado profundamente, seguimos dependiendo de ella. Es fundamental para nuestro bienestar y el del planeta, que hagamos lo posible por apagar las luces.

-  Gonlin, N, & Nowell A. (2018, April 20) What the Archaeology of Night Reveals. SAPIENS. https://www.sapiens.org/archaeology/night-archaeology

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