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Este 2026 celebramos dos décadas desde que Ensenada, Baja California, dio un paso importante al aprobar el primer reglamento municipal contra la contaminación lumínica. Lo que en su momento fue bautizado como la «Ley del Cielo» para proteger la visibilidad del Observatorio Astronómico Nacional en San Pedro Mártir, hoy se ha transformado en un movimiento nacional que redefine nuestra relación con la luz. Por eso platicamos nuevamente con Fernando Ávila Castro, uno de los principales impulsores de esa ley y quien con su visión como astrónomo y representante de DarkSky International, nos actualizó sobre el panorama de la ley en la actualidad.

«Imagínate el centro de la ciudad donde cada local saca su bocina para atraer clientes», nos dice. «Llega el vecino y pone la suya más fuerte, y el de enfrente le sube más para que lo noten a él. Al final, el ruido es tal que ya nadie entiende nada ni disfruta el ambiente».

Con la iluminación está pasando exactamente lo mismo. En la última década, el brillo del cielo ha aumentado un 10% anual. Ya no es solo el alumbrado público (que incluso se ha optimizado en muchos casos), ahora es la «guerra de intensidades» en fachadas comerciales, residenciales y hasta en las luces navideñas que se quedan encendidas de noviembre a febrero. «Nadie quiere bajarle a su luz porque sienten que los demás no lo harán, y el resultado es un ruido lumínico desbordante».

Por eso, esta saturación lumínica ha dejado de ser una preocupación exclusiva de quienes observan las estrellas para convertirse en un problema de salud pública y equilibrio biológico. Ahora sabemos que este exceso altera el metabolismo humano y rompe cadenas ecológicas vitales. En Ensenada, por ejemplo, el uso de iluminación intensa en zonas costeras ha llegado a afectar las rutas de migración de aves, y en el centro del país las de las mariposas monarca, además de expulsar a depredadores naturales como los murciélagos. Sin estos «fumigadores» nocturnos, las ciudades enfrentan un aumento real en plagas de insectos, demostrando que cada fotón mal dirigido tiene una consecuencia en el ecosistema.

Sin embargo, el panorama legislativo en México está cobrando fuerza. Fernando destaca con entusiasmo cómo estados como Sonora han modificado sus leyes ambientales, mientras que en Jalisco, el municipio de Atenguillo ha logrado un reglamento ejemplar gracias al impulso de comunidades de astrofotografía. Incluso en zonas como Tulum, se está gestando un movimiento para buscar certificaciones similares a las de los Pueblos Mágicos, pero enfocadas en la preservación de los cielos oscuros. Para los profesionales de la arquitectura, esto abre una nueva e interesante oportunidad: la consultoría para certificaciones de «hospedaje de cielo oscuro», donde hoteles y desarrollos turísticos buscan distinguirse a través de un diseño de iluminación responsable que respete el entorno natural.

Y, ¿Cómo ciudadanos que podemos hacer?

El futuro no está en apagar las luces, sino en iluminar con inteligencia mediante el uso de tecnologías de telegestión que permitan bajar la intensidad en horas de poco tráfico, lo que genera ahorros económicos que los gobiernos ya están empezando a notar. Fernando nos menciona que la clave reside en respetar los tres pilares del diseño responsable: dirección hacia abajo, intensidad adecuada y temperaturas cálidas de 3000K o menos. Con la pasión que lo caracteriza, Fernando nos dejó una propuesta para nuestra próxima Bienal de Arquitectura, crear una categoría que premie aquellos proyectos que demuestren que la oscuridad no es la ausencia de diseño, sino el elemento necesario para que la luz brille con verdadera intención y respeto por la vida.

Cinco principios para el uso responsable de luces exteriores, Fuente: DarkSky

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