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Ruta de luz en Mextrópoli: iluminar lo cotidiano

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Dahyna G Viloria

Ruta de luz en Mextrópoli: iluminar lo cotidiano

Vivimos rodeados de luz, pero casi nunca nos detenemos a mirarla. Este recorrido fue una invitación a hacerlo: medir, comparar y preguntarnos para quién está encendida la luz de la ciudad

Mextrópoli, Urbanismo

Como parte del quipo Iluminet, me entusiasma mucho no solo escribir sobre iluminación sino vivirla en primera persona: recorrerla, observarla y dejarme sorprender por ella. Por eso, esta experiencia vivencial de la luz fue una oportunidad que no quise dejar pasar.

El recorrido empezó antes de llegar al punto de reunión, en camino hacia Laguna, mirando por la ventana y después caminando las últimas cuadras, me fui dando cuenta de algo que a diario pasa desapercibido para muchos: la Ciudad de México es una ciudad de luces. Anuncios que parpadean sobre las azoteas, letreros de neón de negocios y farmacias, aparadores encendidos, puestos callejeros con su foco colgando de un cable y ríos de faros rojos y blancos avanzando lentos por las avenidas. Cada luz parecía hablar por su cuenta, sin ponerse de acuerdo con las demás, y aun así juntas formaban el paisaje nocturno. No lo había visto así, no es solo una ciudad oscura alumbrada por postes, sino una ciudad que se ilumina a sí misma por todos lados.

Llegué a Laguna con esa idea dando vueltas. Ahí nos reunimos y, antes de comenzar la ruta, repartimos radios y audífonos y dimos las indicaciones generales para el recorrido. Así, ya con libreta y pluma en mano, el grupo se dividió en dos: uno dirigido por Alejandro Díaz Infante, acompañado de Frida Sernas, y otro dirigido por Mónica Vega y Ramón Jiménez, con quienes yo hice el recorrido. Comenzamos con entusiasmo y con una pregunta que me surgió esa noche: ¿la luz que tenemos es la que necesitamos?

A unos pasos de Laguna, parados en medio de la calle, hicimos la primera medición y el luxómetro marcó alrededor de 120 luxes. La norma para una vialidad como esa indica aproximadamente entre 6 y 12 luxes. Es decir, había unas diez veces más luz de la necesaria. ¿Por qué sobre iluminamos? Quizá porque asociamos la luz intensa con la seguridad, o porque es más fácil poner de más que calcular lo justo. Pero cada lux sobrante tiene un costo: energía desperdiciada, deslumbramiento y un cielo nocturno que se pierde un poco más.

Mientras avanzábamos por la calle surgió otra observación que conectaba con lo que yo había visto en el camino: la calle no se ilumina solo con el alumbrado público. La luz que sale de los locales, el anuncio de la tienda de la esquina, el foco de una cochera y la ventana de una cocina encendida también ayudan a que el peatón vea por dónde camina. Es una luz que nadie diseñó para la calle, pero que la calle aprovecha, y que muchas veces explica por qué las mediciones suben tanto. Cuando un local cierra o una casa apaga su luz, la banqueta cambia por completo, aunque el poste siga igual.

Al llegar a la esquina junto al Jardín Dr. Ignacio Chávez nos detuvimos frente a una luminaria doble. Una de sus cabezas alumbraba la calle, como debía. La otra apuntaba de lleno a una fachada y dejaba el muro bañado de luz blanca, casi como un escenario. ¿Cómo dormirán quienes viven detrás de esas ventanas? Esa luz no se queda afuera; se cuela entre las cortinas y aparece en el techo de una recámara a las tres de la mañana. Al que camina por ahí de noche tampoco le sirve que el muro de enfrente brille. Fue el ejemplo más claro de que más luz no significa iluminar mejor, y de que elegir una luminaria sin pensar hacia dónde reparte su luz termina en energía desperdiciada y en vecinos molestos.

Las otras dos mediciones las hicimos en el centro de los jardines Dr. Ignacio Chávez y Pushkin, espacios que a esa hora seguían llenos de vida cotidiana. Había vecinos platicando en las bancas, niños que no querían irse de los juegos, personas paseando a sus perros y alguno que otro atravesando el parque de regreso a casa. En ambos casos el luxómetro volvió a mostrar lo mismo que en la calle: la iluminación rebasaba por mucho lo que indica la norma. Y sin embargo, la vida en esos jardines no parecía depender de tanta luz; la gente estaba ahí por costumbre, por encuentro, por el simple gusto de estar afuera. Nos quedó la duda de si toda esa luz realmente les servía o si simplemente estaba ahí, encendida de más, sin que nadie la hubiera pedido.

A lo largo de la caminata también surgió el tema de la luz blanca. Parece ser la que más gusta; la gente la percibe como más segura, y por eso se ha ido extendiendo en calles y parques. Sin embargo, esa preferencia tiene un precio que no siempre se ve. Su alto contenido de azul altera nuestros ritmos de sueño, deslumbra más y afecta a la fauna nocturna: desorienta insectos y aves y modifica los hábitos de animales que dependen de la oscuridad. Nos quedamos con la incomodidad de reconocer que muchas veces lo que nos agrada a primera vista no es lo que mejor nos cuida.

Cerramos en el Jardín Pushkin, donde retomamos una idea que había aparecido una y otra vez durante el camino, al diseñar la iluminación hay que pensar en lo cotidiano. En la persona que vuelve del trabajo, en los niños que juegan en el jardín, en quien saca a pasear al perro antes de dormir y en quien duerme detrás de una fachada junto a un poste. La normativa da un parámetro, pero no dice cómo se vive un lugar. Una luminaria mal orientada puede cumplir en la calle e invadir una casa; un jardín en penumbra puede quedar por debajo de la norma y ser, al mismo tiempo, donde más a gusto estuvimos.

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