Hemos hablado en otras ocasiones de cómo la Ciudad de México es una metrópoli de contrastes. Lo es en su escala, en su diversidad social, en sus ritmos y también en la manera en que se interviene su espacio público. Con frecuencia, los proyectos de infraestructura parten de buenas intenciones como hacer la ciudad más segura y habitable, pero el problema surge cuando en el intento de abarcar cantidad, la calidad se diluye. Eso es lo que hoy sucede en el Parque México.
Recientemente se instaló un nuevo sistema de alumbrado en el parque. La actualización incluyó postes con luz blanca y luminarias existentes se sustituyeron por reflectores LED de alta intensidad… dos por poste. El objetivo fue iluminar más, pero lo hemos repetido como disco rayado, iluminar más no siempre significa iluminar mejor.
Con estas acciones, los vecinos de la colonia Hipódromo Condesa presentaron una denuncia ante el Centro de Servicios y Atención Ciudadana de la alcaldía Cuauhtémoc para hacerle frente al problema de contaminación lumínica que invade en las viviendas; una luz blanca, fría y excesiva para un parque urbano y una intervención que no respeta la estética ni el valor histórico y patrimonial del lugar.
En la solicitud se pide una inspección técnica que mida los niveles de iluminación, verifique el cumplimiento de la normatividad y de ser necesario, el posible ajuste de las luminarias ya sea en la reorientación de las mismas:
Para zonas peatonales y senderos se recomiendan entre 20 y 50 luxes, suficiente para una buena orientación sin alterar el entorno nocturno. De igual modo, temperaturas de 2700K- 3000K para generar un ambiente acogedor y evitar una atmósfera clínica.
Postes o farolas con altura de 4 a 6 metros para garantizar una buena dispersión sin deslumbrar. Balizas a baja altura para una iluminación indirecta que pueda marcar caminos. Proyectores para resaltar elementos del paisaje como árboles, monumentos o fuentes con ángulos de inclinación de 30 a 40 grados.
Evitar contrastes fuertes para garantizar seguridad y visibilidad. Diferenciar la intensidad de la luz de acuerdo a su uso ya sea en zonas de juego, áreas de descanso o senderos
Detrás de la denuncia hay algo más profundo que una queja por “demasiada luz”. Hay una pregunta sobre cómo se toman decisiones en el espacio público y para quién se diseñan. Una iluminación intrusiva, sin dirección precisa y sobresaturada puede volver hostil un lugar que estaba destinado a ser punto de encuentro.
Aquí entra en juego un actor fundamental, la ciudadanía organizada. Durante mucho tiempo (y lo digo desde mi formación como historiadora) hemos arrastrado una idea casi monárquica del poder. El gobierno como ente absoluto que resuelve, el ciudadano como espectador que observa. Sin embargo, la democracia no se agota en el voto ni en la queja aislada. Existe una herramienta mucho más poderosa y a menudo, subestimada, la organización comunitaria. Lo que ocurre en el Parque México es un recordatorio de ello. No quedarse en la frustración ni en el “para qué hablar si no va a pasar nada”, sino documentar, denunciar y proponer soluciones.
También es importante reconocer que iluminar una ciudad no es tarea sencilla. Existen normativas de seguridad, criterios y demandas legítimas de mayor percepción de seguridad. Pero precisamente por eso, estos proyectos necesitan la participación de especialistas en diseño de iluminación, patrimonio y medio ambiente. Lo diremos una vez más, la ciudad no necesita más luz, necesita mejor luz y sobre todo, necesita que quienes la habitan formen parte de las decisiones que la transforman.






